Donde una maestra era también escuela: una historia rural para el Día del Maestro
Una docente recientemente jubilada recuerda sus primeros años en Guayacán Pozo: siete grados en una misma aula, caminos difíciles, niños que llegaban desde kilómetros de distancia y una escuela que era también refugio, alimento y cuidado para toda la comunidad.
Cada 11 de septiembre, la Argentina celebra el Día del Maestro. La fecha recuerda la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, ocurrida en 1888, pero también invita a mirar a quienes sostuvieron la educación mucho más allá de los edificios, los programas y los horarios.
En el norte santiagueño, muchas de esas historias comenzaron donde terminaba el camino.
“Mi primer día en el aula fue un desafío tremendo”, recuerda Vacilia Landriel, docente jubilada conocida como Vachi. Comenzó a ejercer en 1994 en la Escuela N.º 1169 de Guayacán Pozo, en el departamento Copo, a unos 70 kilómetros de Monte Quemado.

La escuela era de personal único. En una misma aula se reunían alrededor de quince alumnos, desde primero hasta séptimo grado, con edades que iban de los cinco a los dieciséis años. Había bancos grandes donados por otra institución y un edificio nuevo que todavía no podía utilizarse porque faltaba terminarlo.
La formación docente la había preparado para enseñar un grado por vez. La realidad le entregó siete al mismo tiempo.
“En el profesorado nunca nos enseñaron, ni siquiera sabíamos, lo que era estar en una escuela de personal único”, cuenta. Su hermana, que ya trabajaba en una zona rural, la ayudó con las primeras planificaciones. Lo demás se aprendió allí: mirando a cada niño, administrando los tiempos y encontrando maneras de enseñar contenidos diferentes bajo un mismo techo.
Enseñar, dirigir, cocinar y cuidar
Durante seis años estuvo a cargo de aquella escuela. Ser la única docente significaba también asumir la dirección y resolver cada necesidad cotidiana. A veces debía preparar el desayuno. El agua se sacaba de un pozo y no había electricidad.
Los chicos caminaban cinco o seis kilómetros para llegar. Para la maestra, el viaje tampoco era sencillo: podía bajar del colectivo a veinte kilómetros de la escuela y continuar en bicicleta, cargando alimentos y todo lo necesario para permanecer allí.
Cuando las lluvias cerraban los caminos, podía pasar un mes entero sin salir. El trabajo suponía también alejarse de su propia familia y aprender a viajar como se pudiera: haciendo dedo, en bicicleta o incluso en camiones.
“Eso era lo más difícil: estar lejos porque no podías volver”, recuerda. Pero enseguida completa la memoria con otra verdad: “Después, hermosa toda la experiencia con los niños. Lo más lindo que hay”.
La escuela como centro de la comunidad
En aquellos parajes, la escuela cumplía muchas funciones a la vez. Era el lugar donde se aprendía, pero también donde se comía, se pedía ayuda y, en ocasiones, se buscaba algo para aliviar una fiebre o una tos.
Las familias convivían con la falta de trabajo y muchas veces debían trasladarse al Chaco o a los obrajes. Los docentes llevaban lápices, borradores, útiles y ropa para quienes no podían comprarlos.
“La escuela era el lugar más importante de la comunidad”, resume Vachi. Su relato no idealiza las carencias, pero sí rescata el compromiso de las familias y el respeto que rodeaba a la institución. Integrar la cooperadora escolar era considerado un honor.

También guarda recuerdos pequeños, de esos que explican mejor una vocación que cualquier discurso. Una vez llegó un niño desde el Chaco que hablaba muy poco. Cuando ella le preguntaba su nombre, él respondía imitando el canto de un pájaro. Con paciencia, logró enseñarle una estrofa de una poesía. Años después, cada vez que la encontraba, él todavía la recordaba.
Lo que cambió y lo que todavía falta

Con el paso del tiempo, la docente vio disminuir algunas de las privaciones materiales. Las ayudas económicas permitieron que más familias pudieran comprar útiles y ropa, y que los niños no tuvieran que acompañar durante meses a quienes salían a trabajar lejos.
Pero también percibió otro cambio: una menor participación de algunas familias en la trayectoria escolar. Para ella, el acompañamiento y los límites siguen siendo una parte indispensable de la educación.
Su mensaje para quienes hoy están al frente de un aula es sencillo: “Que no aflojen, que sigan adelante esforzándose hasta el último día”, siempre con el aprendizaje de los alumnos como prioridad.
A los maestros jóvenes les pide empatía, estudio y responsabilidad. Y recupera una enseñanza que recibió de uno de sus profesores: no es lo mismo ser “el maestro buenito” que ser un buen maestro. El primero permite todo; el segundo puede ser cercano y alegre, pero también sabe poner límites y asumir la responsabilidad de enseñar.
Las huellas que quedan

Las fotografías de su trayectoria muestran escuelas sencillas, clases bajo los árboles, actos preparados con esfuerzo, guardapolvos blancos, abrazos y una comunidad reunida para despedirla al llegar la jubilación.
No cuentan solamente la historia de una docente. Hablan de muchas maestras y maestros rurales del norte santiagueño que enseñaron en soledad, atravesaron caminos difíciles y convirtieron una escuela en el corazón de un paraje.
En este Día del Maestro, el homenaje está en esas huellas: en quien aprendió a leer, en la poesía que un niño no olvidó y en cada aula que pudo abrir sus puertas porque alguien decidió llegar, aun cuando llegar parecía imposible.
Fuentes
- Testimonio directo brindado a AVDDEA por Vacilia Landriel, docente jubilada.
- Argentina.gob.ar: Día del Maestro, 11 de septiembre.
- Registro público de la Escuela N.º 1169 de Guayacán Pozo.

